Pánico en el estrado (II): cartografía de miedos al discurso

noviembre 14, 2008

En la entrada anterior abordamos el desafío planteado por el miedo a hablar en público. Vimos el catálogo de respuestas corporales suscitadas por el miedo, pero quedó sin responder el interrogante más acuciante: ¿a qué le tememos cuando hablamos en público?

Cartografía racionalizada de miedos al discurso

Consideremos la siguiente cartografía para orientarnos por la irracional geografía de los miedos al discurso. A cada oscura región de este subterráneo país le opondremos unas razones que disipen sus tinieblas.

1. Hacer el ridículo

Se trata del miedo más imponente, el atávico sentido del ridículo tan español, tan nuestro. Tememos hacerlo tan mal que toda la audiencia se reirá de nosotros. Racionalización: Nadie se va a reír por muy mal que lo hagamos. El público simpatiza con el orador y observa con benevolencia sus errores. Si lo hace mal, el público se compadece, sufre, pero no se ríe. El público está de nuestra parte. Quiere que lo hagamos bien.

Hacer el ridiculo

2. Quedarnos en blanco

Cuando el miedo se convierte en pánico, los nervios pueden bloquear nuestra mente. No sabemos qué decir, no podemos pensar, no encontramos palabras. Estamos paralizados. Racionalización: Claro que podemos quedarnos en blanco. Aceptémoslo y preparémonos para la eventualidad. Contamos con numerosas ayudas: podemos llevar el texto del discurso por escrito y leerlo si perdemos el hilo; podemos utilizar notas que nos indiquen qué idea viene a continuación; podemos usar transparencias para saber en todo momento dónde estamos y qué decir. Prepárate para los apagones mentales, y verás que paradójicamente suceden con menor frecuencia.

Quedarnos en blanco

3. No estar a la altura

Hay gente que habla tan bien… ¿Cómo vamos a igualar a Fulano o Mengano? ¿Y si nos toca hablar después de Zutano, magnífico orador? ¿Y si mis jefes consideran que he estado mal y me despiden? ¿Y si se pierde el proyecto por mi culpa? Racionalización: Salvo que seamos oradores o comunicadores profesionales, nuestra misión no consiste en deslumbrar con nuestra oratoria, sino en comunicar con claridad nuestro mensaje. Nadie nos juzgará por una habilidad que no se supone deberíamos tener. Después de todo, como decía Mark Twain: “No te preocupes, tampoco esperan demasiado”.

No estar a la altura

4. No saber responder

Tememos que nos hagan preguntas tan difíciles que nos pongan en evidencia delante de todos. Tememos no saberlo todo, pensamos que deberíamos saber más que nadie en la sala. Racionalización: Ni lo sabemos todo sobre todo ni nadie en la audiencia espera que así sea. Podemos admitir abiertamente: “No lo sé”. Nuestro papel como conferenciantes no consiste en saber más que nadie, sino en comunicar bien lo que sabemos. El público valora más la buena comunicación que el conocimiento enciclopédico.

No saber responder

5. Cometer errores

Aunque errar es humano, no nos permitimos ni un desliz, ni una palabra mal pronunciada, ni una muletilla. Somos tan críticos con nosotros mismos que la perfección nos parece poca cosa. Nos obsesiona la posibilidad de cometer un error, por nimio que sea. Racionalización: No existe la presentación perfecta. Nuestro objetivo fundamental debe ser comunicar una idea. ¿Qué importancia tienen pequeños errores y fallos si hemos conseguido conectar con la audiencia? El público los perdona con benevolencia.

Cometer errores

6. Aburrir al personal

No creemos que vayamos a interesar a la audiencia: “seguro que se aburren”, “seguro que se duermen”, “seguro que se levantan y se van”. Racionalización: Conectar con la audiencia y mantener su interés es fundamental. Sin embargo, que quede claro que resulta absolutamente imposible alcanzar este objetivo con todos los asistentes durante toda la intervención. No podemos controlar las reacciones de la audiencia. Éste se aburre porque se equivocó de sesión y le da vergüenza levantarse. Ése se duerme porque el bebé no le permitió pegar ojo la noche anterior. Aquél sale corriendo de la sala porque tiene que atender una urgencia. Tendemos a pensar lo peor. Fijémonos en la reacción general de la audiencia, no en casos individuales.

Aburrir al personal

7. Sentir nervios

Estamos seguros de que nos pondremos nerviosos. De hecho, aún no nos ha tocado el turno de hablar y ya nos late el corazón aceleradamente y nos sudan las manos. Racionalización: Como ya se dijo en la entrada anterior, sentir algo de miedo es normal. Todos los oradores experimentan nervios cuando suben al estrado. Forma parte natural del arte de presentar. No es el fin del mundo. Si aprendemos a controlarlos, no sólo no nos impedirán hablar sino que nos aportarán los reflejos necesarios para maniobrar con prontitud ante las reacciones cambiantes de la audiencia.

Sentir nervios

El miedo es irracional y no se combate con razones. En próximas entradas estudiaremos estrategias para afrontar el miedo antes de una presentación.

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¿Existe algún otro miedo, no incluido en esta breve cartografía, que hayas experimentado alguna vez al hablar en público? ¿Conoces soluciones infalibles para estos miedos? Comparte tus experiencias con el resto de lectores mediante un comentario.


Pánico en el estrado (I): catálogo de reacciones ante al miedo

noviembre 12, 2008

Según las estadísticas presentadas en el libro de curiosidades “The Book of Lists“, hablar en público se sitúa a la cabeza de todos nuestros miedos, por delante incluso del miedo a la muerte, que ocupa un modesto cuarto lugar. Estos sorprendentes datos llevaron al famoso comediante Jerry Seinfeld a la conclusión de que en un funeral la mayoría de los asistentes preferirían estar en el ataúd que pronunciando el panegírico del difunto.

Hablar en público ocasiona miedo escénico

Para la mayoría de nosotros hablar en público puede convertirse en una experiencia aterradora. Según la definición proporcionada por el pensador español José Antonio Marina en su obra “Anatomía del miedo”:

“Un sujeto experimenta miedo cuando la presencia de un peligro le provoca un sentimiento desagradable, aversivo, inquieto, con activación del sistema nervioso autónomo, sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, sentimiento de falta de control y puesta en práctica de alguno de los programas de afrontamiento: huida, lucha, inmovilidad, sumisión.”

El miedo

A la vista de esta vívida descripción, cabe preguntarse: ¿qué peligro objetivo puede existir al hablar en público? ¿Por qué sentimos pánico? No va a hundirse el estrado bajo nuestros pies ni desplomarse el techo sobre nuestras cabezas. No nos van a tirar tomates. Ni siquiera van a abuchearnos por mal que lo hagamos. Y a pesar de todo, subir al estrado y tomar la palabra ante un auditorio nos incomoda, nos agobia, nos espanta:

  • Temblequean manos y piernas
  • Sudan excesivamente las palmas
  • El corazón late aceleradamente
  • Falta el aire
  • Se tensan los músculos
  • Se crispan las manos
  • El rostro se ruboriza
  • Se pierde la concentración
  • Aparecen molestias gastrointestinales
  • Tiembla la voz
  • Se seca la boca

Curiosamente, cuanto mayor es la audiencia más se agudizan las respuestas del miedo. Existe en nuestras mentes una relación inconsciente de proporcionalidad entre nuestros nervios y el tamaño de la audiencia, es decir, entre el número de ojos clavados en nosotros. A grandes audiencias, grandes temores. Como si fuera menor el esfuerzo para hablar ante tres que ante trescientos.

A grandes audiencias, grandes temores

Tener miedo a hablar en público es natural

Todos los oradores, con independencia de los años de experiencia, sentimos miedo antes de salir a escena. Lo que distingue a los grandes oradores es que aceptan la sensación de temor sin que llegue a dominarles. De hecho, ni siquiera es deseable suprimirlo por completo, porque sin miedo no hay tensión, y sin tensión no hay reflejos. Una pequeña dosis de tensión ayuda a hablar mejor.

El miedo se puede controlar, pero no se puede suprimir

Aprender a cabalgar sobre el tigre

José Antonio Marina nos recuerda en “Anatomía del miedo” que

“Valiente no es el que no siente miedo -ése es el impávido, el insensible-, sino el que no le hace caso, el que es capaz de cabalgar sobre el tigre.”

¿Sientes miedo al hablar en público? No te angusties, es normal, todos lo sentimos. Comenzaremos a vencer nuestro miedo cuando asumamos que hemos de convivir con una pequeña dosis de nervios en cada una de nuestras intervenciones. En próximas entradas veremos las estrategias para afrontarlo y usarlo en nuestro beneficio. El miedo es un terrible señor, pero un valioso esclavo.

Actualización 14/05/09

Elena Moltó se ha tomado el trabajo de realizar una brillante presentación inspirada en las entradas de la miniserie de Pánico en el estrado.

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¿Alguna vez has sentido miedo hablando en público? ¿Has experimentado alguna de las respuestas del miedo? Comparte tus experiencias con el resto de lectores mediante un comentario.


Presentación sin complejos de un perro rabioso

noviembre 8, 2008

Jon Hall, apodado en su juventud “Maddog” (perro rabioso), representa a sus sesenta años una leyenda viva del movimiento por la adopción del software libre: presidente de Linux International y activo evangelizador por todo el mundo de las virtudes del código de fuentes abiertas, del cual Linux constituye sin lugar a dudas el ejemplo paradigmático.

Esta semana hemos gozado del placer de su compañía en España con motivo de la celebración del III Congreso de Software Libre de la Comunitat Valenciana, en el que yo mismo participé con una ponencia sobre el software libre CrypTool para el aprendizaje de criptografía, cuyo desarrollo y difusión en español lidero. En su ponencia en el auditorio del Palacio de Congresos de Alicante, Jon “Maddog” Hall nos regaló una charla excepcional. Su intervención estaba programada para las 16.30 del jueves, pero dado que el auditorio ya había empezado a llenarse a partir de las 16.00, Jon nos deleitó con una “pre-charla” sobre las semejanzas entre la industria de las pianolas, que floreció a principios del pasado siglo, y el software libre. Extraordinario ejemplo de cómo entretener a una audiencia mientras espera para la charla principal.

Posteriormente, cuando llegó el momento de su tan esperada conferencia, titulada Free and Open Source Teaches You Twice (and maybe three times), se ausentó del escenario y reapareció momentos después para ser formalmente presentado ¡con una máscara de George Bush! Nos explicó que acababa de celebrarse Halloween, una fiesta muy popular en Estados Unidos, y la cara del ex-presidente estadounidense fue la máscara más aterradora que había sido capaz de encontrar para su disfraz. Posteriormente se sirvió de la máscara para explicar diversos datos y situaciones. Un inicio espectacular para una charla excepcional.

Jon Hall inició su intervención disfrazado con una máscara de George Bush

Jon Hall inició su intervención disfrazado con una máscara de George Bush

Qué duda cabe que en una presentación lo que más importa es el contenido de la mismo. Pero existen formas de iniciarla que conectan automáticamente con la audiencia. Sintonizar con ella desde el primer segundo de la intervención es todo un arte que sólo unos pocos maestros llegan a dominar.

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- CrypTool: Criptografía para todos


El mayor pecado es pasarse del tiempo

noviembre 5, 2008

Confesionario“Ave María purísima.”

“Sin pecado concebida. ¿De qué te acusas, hijo?”

“Tuve que hacer una presentación de 20 minutos en un congreso, pero estuve hablando más de 40.”

“¡Cielo Santo! ¿Hablaste más del doble del tiempo?”

“Sí, padre. Verá, yo, es que …”

“Calla, desalmado. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Se puede aburrir al personal. Se pueden utilizar transparencias horribles. Qué se yo, incluso se puede tartamudear y mirar todo el rato para el suelo. Pero nunca, nunca, nunca, bajo ningún concepto, se puede uno pasar del tiempo asignado para la presentación. Grave ha sido tu falta y dura será tu penitencia.”

Pasarse del tiempo representa la mayor falta de respeto que un ponente pueda mostrar hacia la audiencia y hacia el resto de ponentes

No podemos cometer mayor pecado durante una presentación que superar el tiempo asignado, especialmente cuando ésta forma parte de un evento en el que varios ponentes toman la palabra por turno unos detrás de otros. Tengamos en cuenta que cuando nos pasamos de tiempo:

  • El público se inquieta y empieza a mirar el reloj, preguntándose cuándo va a terminar la charla.
  • El siguiente orador se irrita porque le están robando su tiempo y tal vez tenga que acortar su propia charla.
  • Todo el programa se retrasa, con lo que se acorta o desaparece la pausa para el café, o se llega tarde al bufé y ha desaparecido el jamón.
  • No queda tiempo para preguntas, uno de los aspectos más importantes de toda presentación en un evento: el diálogo con la audiencia.
  • Demostramos ser unos egocéntricos y unos egoístas, incapaces de mostrar consideración por nadie.

Que nadie se angustie porque su presentación sea más corta que las del resto o porque no apure el tiempo asignado. Después de todo, ¿alguna vez alguien se ha quejado de que una presentación fuese demasiado corta? La audiencia no sólo no se quejará, sino que nos estará eternamente agradecida. No agotar el tiempo asignado se considera una cortesía.

El mayor pecado es pasarse del tiempo

Estrategias para gestionar el tiempo

¿Qué podemos hacer para controlar el tiempo y no pasarnos?

  • En primer lugar, debemos dimensionar adecuadamente la presentación. El problema de la mayoría de las presentaciones es que se pretende decir demasiado en demasiado poco tiempo. ¡No tiene sentido intentar contarlo todo sobre un tema en 15 ó 30 minutos! Normalmente, nos pasamos del tiempo cuando no hemos sido capaces de destilar la idea fundamental que deseamos transmitir. Eliminemos todos los detalles irrelevantes que no contribuyen a comunicar el mensaje.
  • Una estrategia de gran eficacia para mantenernos dentro de los límites y de paso mejorar otros muchos aspectos de nuestra presentación consiste en realizar ensayos. Sólo así sabremos cuánto tiempo exactamente nos llevará la presentación. Ensayar no es pensar lo que se dirá con cada transparencia ni repasarlas mascullando para uno mismo. Ensayar significa ponerse de pie y cronómetro en mano hacer una presentación en toda regla, aunque sea en una sala vacía.
  • También podemos utilizar recordatorios de tiempo durante la presentación. Un colega puede avisarnos discretamente del tiempo que nos va quedando mediante señales convenidas. He visto a ponentes cargar un reloj en la pantalla a la vista de todo el público, demasiado llamativo por lo que lo desaconsejo. Idealmente, recomiendo el uso de un dispositivo de control remoto de presentaciones con vibrador, como el que comercializa Logitech. Antes de la charla, se le programa el tiempo disponible y el dispositivo vibrará discretamente en nuestra mano cuando falten cinco minutos para terminar y por segunda vez cuando falten dos minutos.

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¿Utilizas alguna otra estrategia para controlar el tiempo? Comparte tus experiencias con el resto de lectores.


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